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Miércoles 26 de febrero de 2025
3 minutos
No es preciso estar muy instruido para entender qué significa ser tolerante. Todos podemos responder sin dificultad. Es igual que cada cual lo haga con un sentido propio; su interlocutor lo entenderá. Y su respuesta podrá ser un posicionamiento certero.
Déjenme que repita con la RAE: "Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás, cuando son diferentes o contrarias a las propias". Así define la 'tolerancia'.
Podría decirse lo mismo respecto del concepto 'respeto', presente en esa definición y tan concreto su interés que lo dejaré para otro día. Sin embargo, una actitud fiel a la tolerancia como es “llevarlo con paciencia” –de lo que se trate– me permite escribirles algo hoy acerca de ella.
Los cristianos, asumimos el deseo de hacer universal y desear ser nuestra doctrina la principal –si no exclusiva– pero sosteniendo el respeto y aceptando la existencia de otras formas de vida en religión, creencia e ideas, y decimos entender también el rechazo a la fe de otras personas.
La manera de ser y comportarse de un ser humano, solo a él le corresponde y no tiene que ser homogénea para el resto. La forma de pensar es naturalmente diversa y es una riqueza de la especie.
Si el otro cree sinceramente, y más si esa posición y conocimiento están avalados por principios serios y por muestras de digno resultado, pero diferimos de su planteamiento u oportunidad, no debemos porqué atribuirles contrariedad a nuestras propias ideas.
Tolerar también puede significar perdonar. Por qué enfadarnos y replicar una creencia, discrepar de una opinión con desprecio por no pensar igual o achacarlo a una imaginación u opinión diferente y que nos molesta. Mejor corresponde ser transigente o silenciarse.
Si miramos en rededor, recordando algunos acontecimientos, personales o sociales y hacemos una reflexión sobre cómo apreciamos esas manifestaciones y sus contradicciones con lo que esperamos normalmente todos, por coherente y reconocido, como lógico y procedente ¿cuántas veces nos disgusta?
Me parece a mi que, actualmente, el grado de tolerancia entre nosotros ha decaído mucho. Creo que esa sensación se corresponde con un aprecio menor, por un cambio a peor, en reconocer la existencia del semejante. La presencia efectiva del otro.
Ahora, y desearía no ser cierto, el concepto gente, como pluralidad social, ha dejado de ser una agrupación en la idea de colectivo humano semejante y reconocido como grupo aspirante a estar entre iguales, a convertirse en individuo –de individual– para el que lo de ser tolerante está “machacado” por el insulto y el desprecio.
Resulta curioso comprobar cómo en un ambiente político-social creado al amparo de la existencia de Ministerios, ONG’s, Corporaciones y Fundaciones, Asociaciones y Clubes, siempre “justificados” en criterios (¿?) sociales y humanos, que dicen “cuidarse” de ciudadanos vulnerables, no seamos más tolerantes.
Me preocupa que en una Europa soberana, humanista, intelectual dominadora de tantas culturas y de una España virtuosa, culta, maestra, y benefactora universal, contagiados de tanto furor progresista (orientación al progreso frente al estatismo) se sacrifique tanta calidad de pertenencia privilegiada de grupo social elegido, por cambio de identidad y desenfreno hacia el Homo Deus.
Siento pena ante el insulto, el despropósito político, la indecencia de tanto lucro torticero, la falsedad de la información y su compraventa, la mentira del estado del bienestar, el fariseísmo de tantos, que maldice la democracia, la confianza y la seguridad merecidas.
Y le solicito a usted, estimado lector, con respeto y de buena voluntad, sea tolerante con todos ellos, quiera entenderlos si puede, perdone, aunque no quiera olvidar, no consienta, aunque sea silenciando urnas, disparates, piñas que no resuelven nada y tenga mucha paciencia. Pero siempre que le sea posible, clame por la verdad.